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NO QUIERO SER DE LA ENTRE RÍOS QUE URQUIZA SOÑÓ

  • Foto del escritor: Ignacio Raff
    Ignacio Raff
  • 19 dic 2018
  • 5 min de lectura

por Ignacio Raff


Cuando me preguntan: ¿por qué no canto la Marcha de Entre Ríos?, se me cruzan muchas respuestas por la cabeza, pero si hay una que siempre subyace es la que marca la dependencia de Argentina con respecto a las potencias extranjeras. Esta cuestión es la que me hace negar profundamente el “Sueño de Urquiza”, que se profundiza en su punto culmine en la manifiesta entrega al colonialismo Británico ocurrido aquel 3 de Febrero de 1852 en la Batalla de Caseros.

Ese Martes Urquiza arengaba la gran tropa con la siguiente proclama:

¡Soldados! ¡Hoy hace cuarenta días que en el Diamante cruzamos las corrientes del río Paraná y ya estabais cerca de la ciudad de Buenos Aires y al frente de vuestros enemigos, donde combatiréis por la libertad y por la gloria!

¡Soldados! ¡Si el tirano y sus esclavos os esperan, enseñad al mundo que sois invencibles y si la victoria por un momento es ingrata con alguno de vosotros, buscad a vuestro general en el campo de batalla, porque en el campo de batalla es el punto de reunión de los soldados del ejército aliado, donde debemos todos vencer o morir!

Este es el deber que os impone en nombre de la Patria vuestro general y amigo.

El enfrentamiento de dos proyectos de país, se sucedía en la (hoy) localidad de Carlos Casares, en los terrenos de la familia Caseros (en las afueras de la Provincia de Buenos Aires), propiedad actual del Colegio Militar de la Nación: el Proyecto Federal Protoindustrial Popular, liderado por Juan Manuel de Rosas, contra el Proyecto Oligárquico Agroexportador, en cuyo frente se reconoce a Justo José de Urquiza, avalado por Gran Bretaña.

En esa contienda, Rosas contaba con 10.000 infantes, 12.000 hombres de caballería y 60 cañones[i] y en esa oportunidad, lo acompañaba Jerónimo Costa -fiel defensor de la isla Martín García contra la escuadra francesa-, Martiniano Chilavert –ex unitario que se pasó al bando rosista para no unirse a extranjeros-, Hilario Lagos –un veterano de la campaña rosista al desierto- y El Regimiento Aquino –formado por soldados leales a Rosas que asesinaron al comandante Pedro León Aquino y a todos los oficiales para incorporarse a las filas del Gran Americano[ii]-.

Urquiza contaba (por lo menos), con 24.000 hombres, entre ellos 3.500 eran Brasileños –los únicos soldados profesionales-, y 1.500 Uruguayos, quienes además conformarían filas acompañando a los futuros presidentes Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, este último haciendo las veces de “boletinero”, quien llamaría a esta milicia como “Ejército Grande”.

Pero Urquiza no solo tenía la fuerza más multitudinaria, detrás de él y sus tropas se encontraba el aval y el sostén económico y estratégico de Gran Bretaña (un detalle más que importante para confrontar la enseñanza mitrista de la historia que nos intenta imponer que a partir de este episodio se abrió el camino hacia la constitucionalidad).

Al parecer, Urquiza se había dejado influir por los sofismos de los doctores de la diplomacia brasileña[iii], y no pudiendo resistir a los mágicos influjos que la toga doctoral ejerce sobre los espíritus sencillos, don Justo José se decidió a contrarrestar el enojo por el impedimento de la comercialización con oro por Entre Ríos de la política de Rosas[iv], con la firme intención de entrar en la república por las vías de la “civilización”.

Es decir: Urquiza quería centralizar las riquezas provenientes de la comercialización que pretendía imponer Inglaterra en una especie de unitarismo entrerriano, pero la diplomacia brasilera lo usó como instrumento, demostrando ser un “segundón inveterado” (una especie de cabezón enquistado en creencias antiguas de aquellas épocas), que jamás entendería las intenciones de las potencias colonizantes, obnubilándose por el oro prometido.

Los británicos (por su parte), difundían el liberalismo clásico del libre comercio, que no era otra cosa que comerciar abiertamente con argentina y paraguay, y buscaban la forma de lograr las condiciones de colocar sus productos elaborados, habidos de aprovechar el intercambio con productos primarios sin ataduras impositivas, para generar la dominación a través de lo económico generando lo que ahora conocemos como un gran déficit en la balanza comercial (en este caso), unitaria.

Por su parte, Rosas, siempre había puesto trabas a estas pretensiones, no solamente desde la defensa del territorio, sino que también, desde lo legislativo generando la Ley de Aduanas de 1835, cuestión que Inglaterra siempre juró vengar y que llegó a generar (según el censo de 1853), 1065 fábricas montadas, 743 talleres y 2008 casas de comercio que, con los gobiernos pos Caseros, fueron mermando gradualmente.

El vertiginoso desarrollo que propició la Ley de Aduanas se hizo tangible en las exportaciones argentinas desde 1835 hasta 1852: En Córdoba se elaboraban zapatos y tejidos, sus pieles de cabra curtida se exportaron a Francia en tales cantidades que el gobierno francés decidió prohibirlas para proteger a su industria local. Tucumán potenció sus producciones de muebles y despegó la nueva industria del azúcar, que alcanzaba para abastecer a casi todo el norte argentino y comenzaba a introducirse en Buenos Aires.

Salta se convirtió en otro gran centro industrial especializado en la hilandería, la elaboración de cigarros, vasijas, suelas, becerros, curtidos, harina y vino. Catamarca con algodón, vinos y aguardiente. San Luis, textiles y cueros. Entre Ríos, cuero curtido, postes de madera, maderas para quemar y cal. En Santa Fe, algodón y tejedurías. En Corrientes, maderas de construcción, tabaco, almidón, naranjas y algodón, y se abrieron carpinterías.

Seguramente, este fue el motivo mediante el cual, la más poderosa armada anglo-francesa intentó invadir el territorio argentino para comerciar libremente mediante la navegabilidad del río Paraná en 1845 y fue resistida en el primer combate de la Vuelta de Obligado.

Este antecedente, sumado a las dos invasiones inglesas en 1806 y 1807, el préstamo Baring, la creación del Banco de la Provincia y otras influencias financieras inglesas, fueron un claro antecedente a Caseros en 1852, donde el poderío inglés demostró su interés por el dominio del Río de la Plata.

Si hay alguien que vio claramente esta situación, fue el General San Martín. Y así fue que lo expresó en su correspondencia a Tomás Guido, afirmando que la Vuelta de Obligado fue la Segunda Guerra por la Independencia, y dejando entender que Caseros fue la segunda vez en que caeríamos en la dependencia extranjera.

Lo cierto es que (según alguno que otro historiador), la Batalla de Caseros habría estado ganada con anterioridad a que ocurriese. Justo José de Urquiza (el soñador con sueños extranjeros), fue un gran vendepatria.

La inevitable derrota del Proyecto Federal Protoindustrial en las vecindades del Palomar de Caseros, nos deja un país que más allá de los esfuerzos de gobiernos progresistas, hoy más que nunca volvemos a ser.

Cualquier nación para ser digna de serlo, no puede ser dependiente a los intereses de los poderes foráneos otorgándole el control de la economía a quienes desde el exterior promueven recetas mágicas, por más que la proclama de sus gobernantes parezca patriótica, en los hechos y la hambruna del pueblo se ven los resultados de su entrega.

Por esto y mucho más… NO CANTO LA MARCHA DE ENTRE RÍOS!

[i] Mario Andrés Raineri (1960). Oribe y el estado nacional. Montevideo: Talleres Gráficos Gaceta Comercial, pp. 154.

[ii] Apodo con el cual se refería la prensa mundial a Rosas por su heróica resistencia contra la escuadra anglo-francesa http://www.revisionistas.com.ar/?p=14149

[iii] Palacio, 1954, p. 407

[iv] O’ Donnell, 2013, p. 286

 
 
 

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​© 2020 Nacho Raff

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